THE NOSE. (Esperó Elegant al Balaitús - Hivernal).
THE NOSE.
Esperó Elegant al Balaitús - Hivernal.
Esperó Elegant al Balaitús - Hivernal.
‘Ramón, ¿nos llevamos las botas rígidas
para los crampones técnicos o con las zapatillas y los crampones de mentira
bastará?
‘Yo voy a llevarme las zapatillas de aproximación
con los crampones de correas… pero mis zapatillas son bastante rígidas y llevan
gore-tex’ – me contestó mientras se organizaba su mochila.
‘Es que las rígidas pesan mucho… y
escalar con esos kilos extra en la espalda… yo creo que con las zapatillas
sobra. Total, me pongo unas polainas y con un poco de suerte la nieve estará
durilla y no me mojaré mucho’ – dijo mi irresponsabilidad en aquel momento,
mientras yo estaba descuidado recogiendo trastos del suelo del parquing de
Lasarra.
Cuando casi tres horas después me quise
dar cuenta ya estábamos llegando al refugio de Respomuso, con la nieve por
encima de los tobillos y los pies completamente mojados. Mi idea era llegar al
refugio y poder secar las zapatillas lo suficiente como para subir hacia
nuestro objetivo (el Espolón Elegante al Balaitus) aprovechando la nieve dura
de primera hora de la mañana. Para cuando bajásemos por la tarde, mojarme los
pies caminando en dirección a la furgoneta ya no me preocupaba…
‘Socio, el refu está cerrado’- me dijo
Ramón cuando llegó a la puerta.
‘¿Y la parte abierta?’- pregunté con un
nudo en el estómago. Pensando en las comodidades del refugio, solamente había
cargado un saco de dormir ligero, de los que se regalan para la comunión, y eso
no era bueno… En una rápida inspección comprobamos que estaba todo cerrado a
cal y canto y emprendimos la búsqueda de un refugio abierto que en teoría se
encontraba en los alrededores, pero sin coordenadas GPS oscureció antes de que
pudiésemos localizarlo.
‘¿Qué hacemos? Ahora es el momento de
decidir si vivaqueamos o nos volvemos para la furgo. Son las 6:30… a cenar
estamos en la furgo – me preguntó Ramón enarcando las cejas. Los dos sabíamos
que regresar suponía olvidar el Espolón Elegante, y quedarse significaba que la
noche se me haría eterna… evidentemente nos quedamos, claro. Buscamos un rincón
resguardado del viento en las escaleras posteriores, nos cubrimos con un
plástico, cenamos y después de poner las cuerdas en el suelo para tratar de
aislarnos un poco del frio, nos metimos en los sacos e intentamos dormir un
poco.
A solamente un par de días para
nochevieja, la temperatura era lo suficientemente baja como para no poder pegar
ojo en toda la noche, así que cuando el despertador sonó a las cuatro y media
de la mañana casi me alegré de levantarme y comenzar a preparar el desayuno.
Realmente dormí a ratos, hasta que las tiritonas me despertaban, entonces
cambiaba de postura, respiraba dentro del saco para calentarme un poco y volvía
a dormirme, arrimándome todo lo que
podía a Ramón y a su saco de plumas… Chico, la aventura es la aventura, no?
En poco menos de una hora ya caminábamos
por las primeras palas de nieve dura en dirección al Balaitus. Yo subía en
silencio, maldiciendo para mis adentros la brillante idea de utilizar
zapatillas en una escalada invernal a 3000 metros. Apenas notaba mis pies,
terriblemente fríos dentro de las zapatillas, todavía empapadas desde el día
anterior.
Por suerte, cuando llegamos a pie de via
el sol ya alcanzaba el lugar donde se encontraba la R1, así que cuando después
de un precioso largo de fisura en babaresa de V+ llegué a una espaciosa repisa,
me senté y me quité los pies de gato para calentarme los pies. A mi alrededor,
paredes de roca verticales, mirase donde mirase. Agujas afiladas, nieve y
metros y metros de roca sobre mí. La vida en realidad es muy simple, y la
felicidad a veces se reduce a escuchar el roce de las cuerdas sobre el granito
y a una buena fisura donde colocar el siguiente friend, en medio de una soledad
inabarcable…
‘Que se te van los pies de gato’- le
grité a Ramón desde allí arriba. Y es que sentado en la rimaya, mi compañero
había dejado los gatos junto a él y estos habían comenzado a deslizarse con
velocidad por la nieve. Inmediatamente Ramón se puso de nuevo las botas y los
persiguió ladera abajo, pero por suerte se detuvieron a unos cien metros, lo
suficiente como para retrasarnos solamente otra media hora.
Una vez en faena, Ramón subió si
problemas hasta mí y después se ventiló el segundo largo (una vira inclinada) a
la carrera, dejándome a mí un tercero de placas tumbadas y roca un poco
descompuesta. Poco a poco progresábamos por la pared, el sol calentando
nuestras espaldas.
Pasos de III+ y IV a través de bloques y
diedros nos condujeron hasta los tres gendarmes del final del Espolón. El
primero bastante sencillo (III+), el segundo un poco más peleón (IV+) y,
después de un delicado destrepe, el último gendarme con un paso vertical
bastante fino (V+), equipado con un clavo, y
aunque llevábamos las reseñas en papel, íbamos montando las reuniones
allí donde nos venía mejor…
Después de destrepar el último gendarme,
nos dimos cuenta de que solamente nos quedaba un largo fácil de III hasta la
cumbre. Después de 5 horas y media metimos las cuerdas en las mochilas con una
única cosa en mente: llegar a los rápeles de la brecha de Latour antes de que
anocheciese.
Con los crampones “de mentira”
(crampones de gomas para zapatilla, con solamente 10 puntas) era complicado
bajar hacia los rápeles siguiendo las huellas de Ramón. ‘Demasiado expuesto’ me
decía para mis adentros. Despacio y con mucho cuidado fui bajando por la ladera
nevada tras él hasta las instalaciones de rápel, equipadas con parabolts. Hacía
frío y bastante viento, así que cuando en el primero de los tres rápeles se me
enredaron las cuerdas y me quedé colgado intentando desfacer aquel entuerto sin
los guantes, las manos me temblaban casi tanto como la noche anterior
… pero por fin conseguimos bajar hasta
la base de la brecha y comenzar a caminar hacia el refugio, ya con los
frontales encendidos. En aquel momento, ya un poco más relajados, nos dimos
cuenta que todavía nos encontrábamos en territorio Chiricaua. Ya no existía
ningún peligro técnico objetivo, pero un simple esguince podía ser muy
peligroso a esas horas de la tarde, dado que el primer lugar con cobertura
telefónica estaba a casi 5 horas caminando con nieve por el tobillo…
‘¿Socio, nos quitamos ya los
crampones?’- me propuso Ramón, cuando la nieve comenzó a escasear en la senda
hacia Lasarra, cuando solamente nos quedaban unos 10 minutos para llegar a la
comodidad de la furgoneta. ‘Supongo que sí. A partir de ahora no creo que
encontremos ya mucha nieve y estoy hasta los huevos de llevarlos puestos’ – le
respondí con voz cansada.
Ramón y yo nos conocíamos desde hacía
unos 10 años, y desde entonces no habíamos parado de escalar juntos, tanto en
las paredes soleadas de nuestro querido Puig Campana como subiendo corredores
helados en el Pirineo. Ese día la escalada había sido dura, sobretodo por la
terrible noche pasada durmiendo al raso y por la larga bajada en la que los
días cortos de finales de diciembre nos habían obligado a bajar con los
frontales encendidos. Ahora, a cinco minutos de la furgo, de las cervezas y de
la cena, mientras caminábamos charlando sobre cómo había sido la escalada, me
percaté de una pequeña placa de hielo que cubría por completo el ancho del
camino.
‘Al loro aquí, que hay hielo’ - advertí
a Ramón, mientras cruzaba con tiento la
placa. Justo al alcanzar el otro extremo me volví para ver como mi amigo, con
mucha precaución, comenzaba a pasar con ayuda de sus bastones. De pronto uno de
los bastones se deslizó con rapidez sobre el hielo, y a partir de ese momento
todo se desarrolló como a cámara lenta: Ramón cayó e intentó apoyar una mano
para protegerse, pero esta también se deslizó sobre la placa y entonces su cara
golpeó el hielo como si hubiese querido cabecear una pelota a la red en una
final de la champions.
‘¿Estás bien? ¡Espera que te ayude!’-
exclamé mientras me quitaba la mochila.
‘¡El piolet! ¡Dame el piolet! ¡Me voy a
caer!’- me gritó desde el suelo, asustado.
‘¿Caer a donde, si ya estás en el
suelo?- le pregunté atónito. A la luz de los frontales, asustado y confundido
por la caída, Ramón pensaba que si seguía resbalando por la pendiente que
formaba el hielo podía caer al pequeño barranco que flanqueaba el camino. Sin
saber muy bien lo que estaba haciendo, me acerqué hasta donde él se encontraba
tumbado boca abajo, le quité la pesada mochila y saqué su piolet. Después
conseguí levantarle y con la ayuda del piolet y un bastón conseguimos salir de
la placa de hielo y comenzar a evaluar los daños.
‘Dame un poco de agua’- me pidió. Tenía
la cara cubierta de sangre, igual que su ropa, pero después de lavarse me di
cuenta que en su mayor parte la sangre provenía de un feo corte entre la nariz
y la ceja.
‘¿Cómo lo ves?’- me preguntó preocupado,
alzando la cabeza. En ese momento me percaté de que aunque Ramón me miraba a
mí, su nariz miraba hacia Cuenca.
‘Hombre, tu nariz tiene algo raro’- le
contesté un tanto evasivo - ‘¿No te duele? Es igual, espera un poco que voy a
por el botiquín y te pongo unos puntos de esos adhesivos en el colgajo ese que
te sangra tanto’.
Como buenamente pude conseguí colocarle
un par de puntos en el corte de la ceja, pero lo que realmente me preocupaba
era su nariz, que crecía por momentos y parecía un reloj de sol mal encarado.
‘Bueno, creo que no ha sido para tanto’-
prosiguió Ramón muy confiado (y sobretodo hambriento) una vez parada la
hemorragia – ‘ahora si quieres nos acercamos a la furgo, cenamos, nos bebemos
unas cervezas y ya si eso mañana en casa ya me acerco al Centro de Salud, no?
‘Hombre… yo creo que igual me pasaría
ahora por Escarrilla a que le echen un vistazo a esa nariz’ – le dije yo con
una mueca, como no queriéndole dar importancia al asunto, porque al fin y al
cabo lo que no quería era asustarlo… Al final le convencí, así que cuando llegamos
a la furgo cargamos las mochilas y nos bajamos hasta Escarrilla. El problema
fue que en cuanto el médico del Centro de Salud vio aquella nariz nos envió
derechitos y sin contemplaciones al hospital de Jaca. ‘Allí sabrán lidiar con
eso. Aquí no tenemos medios suficientes’- nos dijo. ‘Joder, a ver si va a ser
más serio de lo que parece’- se asustó Ramón mientras intentaba mirarse sin
demasiado éxito en la cámara de su teléfono móvil - ‘¡y encima me han dicho que
no coma ni beba nada por si hay que anestesiarme! ¡Lo que me faltaba!’.
Gracias a las indicaciones de SIRI
llegamos al hospital de Jaca pasadas las once de la noche. Allí unas enfermeras
se llevaron a Ramón hacia el interior y me indicaron amablemente donde estaba
la sala de espera. Me senté en uno de las sillas de plástico que tapizaban las
paredes de aquella pequeña sala de paredes blancas. ‘Hasta el rabo todo es
toro’- decía siempre Ramón, para que no nos descuidásemos cuando casi habíamos
acabado una escalada. ¡No me podía creer que después de pasarnos horas y horas
escalando y rapelando una vía cotada como MD-, caminando por la nieve con
crampones y durmiendo en un vivac en pleno invierno sin pasarnos absolutamente
nada, se nos hubiese ido todo de las manos a doscientos metros de la furgo! En
aquella sala, donde todo estaba limpio e impoluto, mis zapatillas llenas de
barro y mi ropa de montaña parecían estar completamente fuera de lugar. ‘¿Pero
qué coño hago yo aquí, si hace un rato todavía estaba rapelando la Brecha de
Latour? Esto es surrealista’- me decía a mí mismo, incrédulo, mirando mi
reflejo en una de las ventanas que daban al párquing del hospital.
En ese momento me levanté para
desentumecer un poco las piernas y me sentí un poco mareado, por eso me acerqué
a la ventanilla de admisión. ‘Perdona, mi compañero está por ahí dentro con la
nariz rota. Si en algún momento se marea igual es porque desde las 5 de la
mañana no ha parado. Llevamos todo el día arriba y abajo por la nieve y
colgados de una pared y en realidad solo nos ha dado para comer unas barritas
energéticas y un par de dátiles. Es que nos han dicho en Escarrilla que no
comiese nada, por lo de la anestesia…’
‘¿Y se puede saber que se os ha perdido
por esas montañas a estas horas y en pleno invierno?’- me preguntó la enfermera,
una mujer madura con actitud de madre y cara de maestra enfadada.
‘Yo qué sé. ¡Es este Ramón, que me
lía!... y yo soy facilón… además, ¿usted ha visto el día que hacía hoy? ¿Cómo
no íbamos a salir a escalar?- le contesté, en un ataque de sinceridad, encogiéndome
de hombros.
‘Que al final tengo la nariz rota’-
simplificó Ramón cuando salió al cabo de una hora, con la nariz tapada con
gasas y esparadrapo y las manos llenas de papeles- ‘Me han hecho una
radiografía y me han dicho que mejor si voy al hospital de Huesca, que allí
tienen un Otorrino de guardia que valorará qué hacemos. Y que no puedo comer ni
beber nada todavía, por lo de la anestesia’- añadió con resignación. ¡Ala,
carretera y manta, otra vez a la furgo y dirección a Huesca!¡Esto parece una
gyncana!
Cuando llegamos al hospital San Jorge,
hacia la una y media de la madrugada, nos esperaba ya el Otorrino. ‘Pero
hombre, ¿a quién se le ocurre romperse la nariz cuando estoy yo de guardia?- le
dijo a Ramón con sorna. Era un hombre pequeño y enjuto, con manos fuertes y
nervudas y una sonrisa medio dibujada en su cara todavía somnolienta. ‘A ver,
si quieres te puedo anestesiar, pero no te va a servir de nada’ – añadió con
sinceridad - ‘solamente va a ser un segundo’.
‘Pues si no va a servir de nada no me la
pongas y acabemos con esto que tengo hambre’ – contestó Ramón, que siempre ha
sido un tipo muy pragmático.
‘De acuerdo. Ahora te voy a introducir
este palito de metal por la nariz, muy adentro. Después contaré hasta tres y te
la pondré en el sitio. ¿Entendido? Vas a sangrar un poco y te va a doler, las
cosas como son’. Ramón asintió y se cogió con ambas manos al borde de la silla.
‘Uno… dos!’ - CRAAAC! El médico no había
esperado a contar hasta tres y con un movimiento brusco y certero había hacho
palanca con el bastoncito de metal para recolocar la nariz, provocando una
nueva y copiosa hemorragia, mientras mi amigo Ramón se retorcía del dolor.
‘¿Ves? No ha sido nada’ – dijo el
Otorrino levantándose de la silla, mientras le acercaba un espejo para que se
mirase- ‘¿era así tu nariz? ¡A ver si te he dejado más guapo que antes y te
tengo que cobrar un plus por estética!
‘No, no, esta venia así de fábrica’ –
gimoteó Ramón todavía con la cara desencajada’.
‘Bien, la próxima vez que salgas a
escalar… ¿sabes qué te digo?- le preguntó el doctor, acercándose mucho a su
cara- ‘Que cuando caigas, intenta
hacerlo de lado… ¡que las orejas no tienen hueso!

Molt bona l'escalada, de lo demes ja no m'anrecordaba.
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